Reseña de “Bardo”, de Alejandro González Iñárritu (Perlak) – .

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La vida es una historia contada por un idiota, llena de ruido y furia, que no significa nada”. shakesperiano. No pude evitar pensar en ello cada diez segundos mientras miraba BARDO, un ego-viaje psicológico (quizás psicopático o psicosomático) desatado por Alejandro González Iñárritu, tomando como víctimas de sus mínimas referencias cinéfilas los ejemplos de Federico Fellini o Ingmar Bergman durante un repaso audiovisual de su vida. Casi no hay parámetros que expliquen el espectáculo de terror que es BARDO, al menos dentro del cine profesional. El derroche de talento aquí es brutal: desde el pobre reparto, sacrificado en el altar del cineasta poseído, filmado a distancia como si fuera un estorbo interrumpiendo las panorámicas, hasta los grandes nombres del equipo técnico y artístico. lo que hace que la película sea peor a cada paso. No es un cineasta humilde e inexperto que se entregó a autorretratos místicos llenos de alegorías religiosas y políticas chispeantes, sino un hombre que de alguna manera logró ganar algunos premios Oscar a Mejor director con películas que, comparadas con esta, son discretas y humildes. Y eso es lo que duplica la ofensiva cinematográfica de esta película, de principio a fin.

Cierto es que Iñárritu avisa de la entrada. Ya el problemático nacimiento de la esposa del protagonista (interpretada por Griselda Siciliani, una víctima más de todo esto, con una dignidad indemostrable) advierte que veremos algo peculiar, extraño, por no decir estrambótico. Hay humor en esta escena, y sugiere que, aun cuando estemos en presencia de un trauma que acompañará al protagonista y su familia a lo largo de las 200 horas que parece durar la película, quizás haya una esperanza para poner un poco con los pies en la tierra, tomándose a sí mismo como una broma. Pero ese no será el caso. O, cuando lo haga, el humor será del tipo más bajo posible, malo incluso en comparación con un mal programa de televisión, malo como el infierno. La película es ampulosa, una farsa, una verbosidad y un exceso visual que me impide encontrar comparaciones en mi experiencia como cinéfila. Pino Solanas coqueteó con la ridiculez de este estilo, pero sólo en determinados momentos en películas como EL VIAJEEliseo Subiela tuvo trips cineastas similares y como Emir Kusturica a veces fueron confundidos con grotescos comparables. Pero nadie lo ha hecho con la consistencia de la fealdad cinematográfica como lo hace aquí Iñárritu.

No hay escenas para guardar. Ninguna. Tal vez algunos planos en el centro vacío de la Ciudad de México a una hora de la mañana sean bonitos, pero pronto se verán empañados por dos miserables escenas de alegoría política que involucran desapariciones y la conquista de América que son vergonzosas. El comienzo de una versión a cappella de “Vamos a bailarde David Bowie Lo tomé como una petición al espectador de cerrar los ojos y escuchar al menos algo hermoso, pero es rápidamente interrumpido por algo horrible. O un momento de silencio, en una piscina, en medio de tanto ruido y volumen audiovisual. Es una película con una dedicada devoción a ser fea, irritante, repugnante y, sobre todo, absurda. Uso de una lente gran angular durante gran parte de la película (la foto la toma Darius Khondji, Emmanuel Lubezki hizo el mudo y parece desenfocado), efectos visuales desafortunados (el que convierte a su protagonista en un “niño” es increíble) y tiros lejanos en el HOMBRE PÁJARO que se vuelven cacofónicos a los cinco segundos de iniciarse, la experiencia es ardua, difícil, excepto para aquellos que pueden estar en un viaje místico con su propio ego y adictos a terapias alternativas ligadas al mal gusto cinematográfico. Algo que, pongámonos de acuerdo, de Alejandro Jodorowsky suele pasar.

No tiene mucho sentido decir lo que está pasando. Voy a hacer un resumen simple. Daniel Giménez Cacho (que no es responsable de nada, como el resto del elenco sacrificado) interpreta a Silverio Gama, un periodista y documentalista mexicano radicado en Estados Unidos que, por alguna razón, es tan famoso que incluso supone que deberían reconocerlo en Inmigración. Supongamos que este Silverio es un personaje popular —difícil, pero hagamos el juego— y exitoso que regresa a su tierra natal antes de recibir un importante premio de una asociación de periodistas que tiene la capacidad de organizar su propia fiesta. un magnate de, bueno, Netflix. Y, una vez allí, comienza a tener esos cruces con su historia personal, familiar y nacional que lo conectan con este país que una vez dejó para ser un multimillonario con problemas en un país que no es el suyo. . Si no están muy preocupados por los problemas de Silverio desde el principio, nunca entenderán la película. Y, la verdad, se hace muy difícil preocuparse por él.

Pero a él le importa. Y su familia también. Y el público que lo sigue también. Y aparecerá su padre, su madre, Hernán Cortés y las guerras entre México y Estados Unidos en las que quizás los soldados masacrados también se preocuparon por él. Hay un periodista malo y competitivo que lo tiene entre ceja y lo intenta hacer quedar mal todo el rato diciendo cosas parecidas a lo que escribo aquí. Pero él lo ignora y trata de ignorarlo. Ojo, Iñárritu critica a Silverio. Es un tipo metido en lo suyo, contradictorio, tal vez “vendido” por dólares, que no ha estado en momentos importantes de la vida de sus hijos y que sólo mira su propio ombligo. Pero en el fondo no es culpa suya sino de una industria (la de los documentales periodísticos, con los que parece que cualquiera puede hacerse millonario) que lo llevó por el camino equivocado, lo aliena del pueblo, de la patria, de la Ciudad de México y su “ gente real”, quién sabe quiénes son para un hombre que no parece haber compartido nunca un autobús con nadie en su vida.

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Además de esta estupidez, ROMA es una obra de arte. La de Alfonso Cuarón tendrá sus problemas, pero es una película de mayor dignidad cinematográfica comparada con esta película enviada del infierno, lanzada al mundo por alguien que odia el cine, que no le importa el cine y que hizo una buena película (AMA A LOS PERROS y hasta cierto punto EL RENACIMIENTO) Tengo que pensar que fue por casualidad. Sí, la inspiración puede ser felliniana (es una mezcla de 8 1/2AMARCORD dicho por alguien que solo ha visto clips y fotos de escenas de los dos, con una tocar de Terrence Malick pero sin paciencia para captar la belleza), pero la puesta en escena es suya, aquella en la que la cámara llama la atención sobre sí misma y todo lo que sucede frente a ella es secundario. Es que la propia factura elefantina anula la introspección que la película quiere revelar. La inmensidad egocéntrica de las imágenes niega su supuesta razón de ser y, sobre todo, contradice la idea de que BARDO puede considerarse una película autocrítica. Nadie cuestiona su propia alienación construyendo imágenes que, por un lado, prolonguen ese divorcio del mundo real y, por otro lado, hagan discutir al protagonista con los grandes hechos y personajes de la historia mexicana.

Se podría decir que es monótono y aburrido, pero eso me parece totalmente secundario. Sí, puede ser, pero hay algunas películas realmente buenas que a veces son monótonas y aburridas. BARDO ella no quiere ser eso, no lo permite, tiene miedo de aburrir y grita, tiene miedo de ser monótona y gira la cámara de un lado a otro, tiene miedo de dejar una idea en suspenso y explica una mil veces, teme que el espectador piense por sí mismo y él le prepara un festín de explicaciones, teme que le quede un misterio o una duda y le lanza un catálogo de símbolos comprados al por mayor en la feria del “cine de arte”. He leído reseñas que celebran la belleza de la película y no la veo por ningún lado excepto en las escenas del folleto turístico de este exclusivo resort donde va con su familia y se ofende, durante cinco segundos, porque no No dejar entrar al empleado que trabaja con ellos. Luego se olvida, por supuesto, porque estos personajes parecen decir algo, hacer un punto y desaparecer como llegaron. Es un cine del Yo en el que un cineasta se celebra a sí mismo y canta, canta y celebra, disfrazándolo todo de introspección budista. Es un pase mágico sin magia, sin mago, sin truco. Es uno sobre todo lo que, finalmente, es él mismo igual a nada. Sonido, furia y ya está.


- Festival cine San Sebastián crítica Bardo dAlejandro González Iñárritu Perlak

Reseña Bardo Alejandro González Iñárritu Perlak

 
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